En la sala de reuniones de la Facultad de Comunicación y Ciencias Sociales, Donald habla con la serenidad de quien lleva décadas enseñando. Habla despacio, con un inglés nítido que a veces se entrelaza con un español cálido y pausado. Admirado por seguir aprendiendo cada día algo nuevo, reza un lema que sin duda resume su forma de ver la vida:
Vivir, equivocarse e interactuar enseña más que cualquier libro.
Donald Kerchis nació en Hartford, Connecticut, la capital de un pequeño estado del noreste de Estados Unidos. Creció en Farmington, una ciudad tranquila de casas con jardín, inviernos blancos y veranos suaves.
Tuve una infancia muy de clase media, muy serena. La familia era lo más importante, y la religión también. Crecí en el catolicismo romano, que marcó mucho mi forma de ver el mundo.
Su primer contacto con España llegó pronto, a los doce años, cuando en su colegio debía elegir entre música o un idioma extranjero. Eligió español. Un año después, viajó por primera vez al país con su clase. Ese viaje dejó una huella profunda en él: “Tenía trece años y me enamoré de España. Supe que volvería”. Lo que no imaginaba era que, ese mismo verano, viviría un acontecimiento que marcaría el resto de su vida.
Mi hermano mayor, Russell, tuvo un accidente después de un partido de béisbol. Cayó mal y se rompió el cuello. Él tenía diecisiete años. Se quedó tetrapléjico.
Eso cambió completamente la dinámica familiar. Yo era el pequeño, el niño mimado, y de repente toda la atención se volcó en él. Fue muy duro. Sentí que necesitaba encontrar mi propio camino, algo que me ayudara a entender el mundo y a expresarme.
De ese dolor nació una curiosidad insaciable por el mundo. A los dieciséis años, Donald se apuntó a un curso de francés y alemán en la Universidad de Estrasburgo, y con un Eurail Youth Pass recorrió Europa durante dos meses.
Fue una experiencia increíble. Me confirmó que quería dedicarme a algo internacional, algo que conectara culturas.
Cuando llegó el momento de elegir universidad, no dudó: Georgetown University, en Washington D.C., una institución jesuita con una de las escuelas de relaciones internacionales más prestigiosas del mundo. Durante sus años en Georgetown, pasó un curso en la Universidad de Sevilla. Y, después de graduarse, decidió profundizar en su vocación de servicio: Georgetown ofrecía un programa llamado Georgetown Students in Peru, y él se apuntó sin pensarlo. Pasó un año trabajando con la Iglesia Católica en los Andes peruanos, colaborando en proyectos sociales.
No iba a predicar, sino a ayudar: llevar leche, medicinas, registrar campesinos para votar, trabajar por la comunidad... Allí volví a enfrentarme con mis dudas sobre la fe. Después del accidente de mi hermano, me preguntaba cómo un Dios bueno podía permitir algo así. En Perú entendí que la espiritualidad no se recibe, se construye. No se predica, se practica.
Por un tiempo pensó en hacerse sacerdote, pero al final se decantó por aquello que ahora ejerce cada día, con una sonrisa de oreja a oreja.
Viajé con un obispo, Monseñor Bambarén, una figura muy respetada en la Iglesia peruana. Fue un año de reflexión profunda. Al final decidí que no era mi camino, pero comprendí que mi vocación era servir, no desde el altar, sino desde la educación y el entendimiento entre culturas.
Su visión internacional
De regreso a Estados Unidos, comenzó su carrera en la cooperación internacional, trabajando para la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). Con su aprendizaje allí, para Donald, la clave está en el equilibrio entre idealismo y realismo. No se trata de un relato de "héroes y villanos", dice; sino de la intersección entre los intereses y las decisiones lo que construye la política. Un espacio en el que, aún con todo, puede "tener cabida la ética".
Cada generación hereda un mundo roto. Pero también hereda la posibilidad de repararlo. Si desde aquí conseguimos formar jóvenes que escuchen, que duden y que piensen con compasión, entonces estamos haciendo nuestra parte.
Por eso le dolió ver cómo años después esos programas fueron recortados. Esa convicción de que el diálogo y la educación pueden transformar el mundo atraviesa toda su trayectoria.
Para él, el aula no es un templo del saber, sino un laboratorio de pensamiento. Para él, enseñar Relaciones Internacionales es enseñar humanidad. Y es algo que, sabe, encaja a la perfección esta universidad.
La UCAM no solo forma profesionales, sino personas. La educación tiene que ser también espiritual. No creo que haya verdadero conocimiento sin introspección moral. Enseñar aquí me permite unir la educación con mis valores cristianos.
La tierra que ama tanto como la natal
Donald sonríe al hablar de España. Ha vivido en Sevilla, Murcia y otras ciudades del sur, y se declara enamorado de la Alhambra, de Toledo y de los paisajes verdes del norte.
Me encanta el paisaje, el clima, la comida, la historia. Pero, sobre todo, la gente. La importancia de la familia, el sentido de comunidad, el calor humano… todo eso tiene que ver con siglos de práctica católica, con una forma de mirar el mundo que comparto profundamente.
Es un completo fan del deporte, fue capitán del equipo de fútbol en su escuela, y ahora disfruta de caminar, leer y conversar. Donald, el americano de manual más enamorado de España de la universidad, ha viajado de Georgetown a los Andes, de Perú a Costa Rica, y de Washington a Murcia. Y lo ha hecho porque ve el aprendizaje como una forma de vida.
